La Clàssica Andorra 2026

La carrera que empezó mucho antes de la salida

Una historia sobre cómo entender, coordinar y contar una prueba UCI cuando el trabajo importante empieza antes de levantar la cámara.

Hay llamadas que sabes cómo van a terminar incluso antes de descolgar el teléfono.

Después de muchos años trabajando en eventos deportivos, casi todas siguen un guion parecido. El cliente explica la prueba, hablamos del recorrido, de cuántos profesionales harán falta, de la logística, de las motos y de los tiempos de entrega. En realidad, casi siempre empezamos hablando de fotografías.

Por eso, cuando María me llamó para hablar de La Clàssica Andorra, di por hecho que aquella conversación no sería muy distinta a las anteriores.

Me equivoqué.

Recuerdo perfectamente el momento en el que la conversación cambió de dirección. No fue cuando empezamos a hablar del recorrido, cuando apareció el nombre de los patrocinadores ni siquiera cuando salió la palabra UCI, que ya impone cierto respeto. Fue cuando María resumió el problema en una frase:

"No queremos volver a quedarnos sin fotografías importantes."

La edición anterior había dejado imágenes espectaculares de la carrera, el pelotón, los puertos y la llegada. Nadie cuestionaba la calidad ni el trabajo de quienes las habían hecho. Precisamente porque el nivel era tan alto, resultaba todavía más evidente aquello que faltaba.

El vacío apareció meses después. Un patrocinador necesitaba una fotografía concreta de una activación. Una institución buscaba material para una presentación. Andorra Turisme quería reforzar el valor del territorio a través de la carrera. Morabanc necesitaba documentar su presencia. Algunas de esas imágenes, sencillamente, no existían.

No porque alguien hubiera cometido un error, sino porque nadie había ido a buscarlas.

Ese era el verdadero reto: no se trataba de volver a casa con fotografías mejores, sino de volver sin echar de menos ninguna de las que el evento necesitaría después.

El recorrido lo marcaban los ciclistas. El mapa, todo lo demás

Los días siguientes fueron curiosos. Más de una vez entré en el despacho dispuesto a preparar la cobertura y, una hora después, descubrí que no había pensado ni una sola vez en cámaras u objetivos.

Durante semanas, La Clàssica existió sobre una mesa: recorridos impresos, horarios provisionales, accesos, acreditaciones, teléfonos y un mapa lleno de chinchetas que cambiaban de sitio casi cada día. Visto desde fuera podía parecer un pequeño caos. Para nosotros empezaba a contar una historia.

Foto: GKMH team @danispeedy

Cada conversación añadía una pieza. Un patrocinador que solo estaría presente unos minutos. Un invitado institucional con una agenda concreta. Una activación que desaparecería en cuanto pasara el último corredor. Un espacio que Andorra Turisme necesitaba enseñar. Una necesidad específica de Morabanc. Un detalle de branding que podía parecer secundario aquel domingo y convertirse en imprescindible seis meses después.

Hubo un momento en el que dejé de mirar el recorrido y empecé a mirar el mapa. Puede parecer la misma cosa, pero no lo era. El recorrido lo marcaban los ciclistas. El mapa lo marcaba todo lo demás.

Ya no se trataba solo de saber por dónde pasaría el pelotón. Había que imaginar dónde estaría cada persona, cuánto tardaría una moto en enlazar dos puntos, qué ocurriría si el horario se retrasaba diez minutos o si una activación empezaba antes de lo previsto. Sobre todo, había que hacerse una pregunta incómoda: si esta fotografía no existe, ¿alguien la echará de menos dentro de seis meses?

Si la respuesta era sí, movíamos una chincheta y buscábamos la manera de que alguien estuviera allí. Porque las imágenes más difíciles no suelen perderse por una cuestión técnica. Se pierden cuando nadie ocupa el lugar en el momento en el que la historia sucede.

Poco a poco dejé de ver únicamente una carrera ciclista. Empecé a ver un evento: territorio, patrocinio, identidad, comunicación y muchas historias distintas que debían convivir dentro de una misma cobertura visual.

Cuatro miradas para una sola historia

Lo primero era decidir quién iba a contarla. Un gran evento no necesita cuatro personas haciendo la misma fotografía desde lugares distintos. Necesita profesionales capaces de ver cosas diferentes y de entender para qué servirá cada imagen cuando todo haya terminado.

Germán tenía una forma editorial y periodística de leer el deporte. Sus fotografías no se limitaban a mostrar lo que ocurría; ayudaban a entenderlo. En una carrera como La Clàssica, esa capacidad de encontrar la historia dentro del movimiento del pelotón era fundamental.

Brazo de Hierro aportaba otra sensibilidad. Su relación con la bicicleta iba más allá de la competición y su mirada encontraba valor en los detalles, en las formas y en los gestos que suelen pasar desapercibidos cuando toda la atención se concentra en el ataque o en la llegada.

Gorka sumaba algo igual de importante: autonomía. Cuando una prueba UCI se pone en marcha no hay tiempo para resolver dudas continuamente. Cada persona tiene que saber qué busca, por qué lo busca y cuál será su siguiente decisión si nadie puede responder al teléfono. Desde meta, Gorka podía construir esa parte de la historia sin esperar instrucciones constantes.

Gracias a Totemi incorporamos un cuarto fotógrafo para una activación específica. No era una cuestión de cantidad ni un refuerzo genérico. Aquella acción también formaba parte del evento y merecía la misma atención que un puerto, un sprint o la línea de meta.

Foto: GKMH team @danispeedy



Mirando atrás, aquellas conversaciones fueron más importantes que cualquier reparto de posiciones. No hablábamos de cámaras. Hablábamos de responsabilidad y de confianza, aunque todavía no lo formuláramos así.

La cena del sábado fue la última vez que pudimos mirarnos con calma antes de que cada uno desapareciera en una dirección distinta. Hablamos del recorrido, de los accesos, del tráfico, de las motos y de aquello que podía alterar el plan. También nos reímos. Al día siguiente no habría tiempo para largas conversaciones. Bastaría una mirada, un gesto o un mensaje corto para confirmar que todo seguía en marcha.

El domingo, el mapa empezó a moverse

El despertador sonó bastante antes de que saliera el sol. Siempre me ha gustado ese momento: todavía no ha empezado nada y, sin embargo, todo está a punto de ocurrir. Semanas de reuniones, llamadas, permisos y planificación van a enfrentarse a la única prueba que importa de verdad: la realidad.

Mientras conducía hacia la salida repasaba mentalmente el recorrido. No porque dudara del plan, sino como una forma de despedirme de él. A partir de entonces el mapa dejaría de existir sobre el papel y se convertiría en una carrera real, con todo aquello que ningún planning puede prever.

Los mecánicos terminaban de preparar las bicicletas. Los corredores aparecían con esa mezcla de concentración y rutina que solo tienen quienes llevan toda una vida compitiendo. Los patrocinadores recibían invitados, los periodistas buscaban las primeras declaraciones y la organización resolvía detalles pequeños capaces de alterar el ritmo de la jornada.

Durante unos minutos no saqué la cámara. Observé. La cámara tiene la mala costumbre de reducir el mundo al tamaño del visor, y aquella mañana necesitaba recordar que el evento era mucho más grande que cualquier fotografía individual.

María había insistido en que el territorio no podía funcionar como un simple fondo. La Clàssica era una prueba ciclista, pero también una manera de mostrar Andorra y proyectarla a través del deporte. Esa conversación condicionó mi primera decisión importante.

Mientras las motos se preparaban para salir detrás del pelotón, decidí esperar. Busqué un punto en el que el paisaje tuviera el mismo peso que los corredores, una imagen que meses después pudiera explicar por sí sola dónde había ocurrido aquella historia.

La carretera permaneció vacía durante unos instantes. Después apareció el pelotón y todo empezó a moverse a la vez. Disparé varias veces. No recuerdo cuál fue exactamente la primera fotografía del día, pero sí la tranquilidad que sentí al mirar la pantalla: la historia había empezado donde tenía que empezar.



Al levantar la vista vi a Germán. Nos cruzamos apenas unos segundos; un gesto con la cabeza y una sonrisa fueron suficientes. Poco después llegó un mensaje de Brazo de Hierro: había completado el primer punto y ya enlazaba con el siguiente. Gorka confirmaba desde meta que su parte avanzaba según lo previsto. En otro lugar, el cuarto fotógrafo seguía la activación de Totemi.

Eran mensajes breves, casi rutinarios. Pero cada uno confirmaba que el trabajo de semanas empezaba a sostenerse solo. El mapa lleno de chinchetas estaba vivo.

Giré la moto, respiré hondo y entré por primera vez dentro del pelotón profesional.

Dentro de un pelotón UCI

Desde la cuneta parece un grupo de ciclistas acompañado por motos y coches. Desde dentro es un ecosistema en movimiento. Un coche de equipo necesita adelantar porque un corredor ha pinchado. Una moto intenta ganar metros antes del siguiente puerto. La televisión busca un hueco. El regulador levanta la mano para impedirte avanzar y, pocos segundos después, esa misma mano abre una ventana que durará muy poco.

No hay margen para distraerse. Cada vehículo ocupa un lugar por una razón y cada movimiento afecta al resto. En los tramos de montaña la carretera parecía estrecharse entre la roca y el vacío. En medio convivían corredores, motos, coches de dirección, asistencia, jueces, organización, fotógrafos y televisión. Desde fuera podía parecer un caos; dentro descubrías que ese caos tenía reglas muy precisas.




Antes de viajar a Andorra había hablado con compañeros que conocían bien este tipo de pruebas. Todos repetían lo mismo: cuando estés dentro, lo entenderás. Tenían razón. La tensión no aparece solo cuando levantas la cámara. También está mientras esperas, observas y decides si conviene adelantar o contener las ganas y aceptar que todavía no es tu momento.

Recuerdo un tramo en el que avanzamos varios minutos a un ritmo muy contenido. El regulador seguía marcando la velocidad. Miré hacia delante buscando un hueco; no existía. Miré atrás; tampoco. Durante unos segundos quise hacer algo y no podía hacer nada. Esperé.

La situación cambió de golpe. El regulador levantó la mano, hizo una señal rápida y la fila de motos empezó a moverse con una fluidez que un instante antes parecía imposible. En una prueba UCI no siempre avanza quien tiene más prisa. Avanza quien entiende el momento.

En medio de esa intensidad pensé en el resto del equipo y advertí que llevaba bastante rato sin mirar el teléfono. No lo necesitaba. Sabía que Germán estaría leyendo la carrera desde su lugar, que Brazo de Hierro seguiría enlazando los puntos, que Gorka construiría la historia desde meta y que la activación de Totemi no quedaría fuera del relato.

La calma no venía de que la carrera fuera sencilla. Venía de saber que, aunque yo no pudiera estar en cuatro lugares al mismo tiempo, había personas viendo aquello que yo no alcanzaba.

Cuando la coordinación deja de notarse

La carrera siguió avanzando hasta uno de esos lugares que durante semanas solo había sido una chincheta: un sprint donde coincidían público, patrocinadores, invitados, organización y medios. Llegué todavía con el impulso de buscar algo que controlar. Levanté la vista.

Brazo de Hierro ya estaba allí. No buscaba dónde colocarse; ya lo había decidido. Nos cruzamos durante unos segundos, sonreímos y cada uno siguió trabajando. Unos kilómetros después ocurrió algo parecido con Germán. Tampoco hizo falta preguntar cómo iba la jornada. La respuesta estaba delante de nosotros: cada uno estaba exactamente donde debía estar.




Seguían llegando mensajes: todo bien, llegando al siguiente punto, activación cubierta. Leídos ahora parecen normales. Aquel domingo eran la confirmación de que el sistema funcionaba.

Durante años pensé que coordinar una cobertura significaba estar presente en todas partes. La Clàssica me enseñó justo lo contrario. La mejor coordinación es la que deja de notarse, porque cada profesional comprende el objetivo común y puede tomar decisiones con libertad.

Eso libera algo muy valioso: la cabeza. Pude volver a concentrarme en la carretera, en anticipar movimientos y en buscar imágenes sin la sensación de que algo importante se escapaba en otro punto.

Cuando el pelotón se acercó a meta, las radios sonaban con más frecuencia y los vehículos empezaban a colocarse. Todo parecía acelerar. Yo sentía lo contrario. Por primera vez podía levantar la vista del visor y mirar el evento entero: los voluntarios, la organización, los patrocinadores, los periodistas, los mecánicos y toda la gente que hacía posible la carrera.

Ninguna fotografía puede abarcar por sí sola todo lo que sucede en un evento de estas dimensiones. Solo un equipo puede hacerlo.

La tranquilidad de encontrar la historia completa

Cuando crucé la línea de meta por última vez y apagué la moto, el silencio resultó extraño. Después de tantas horas de radios, motores y tensión, poco a poco empezamos a encontrarnos: Germán, Brazo de Hierro, Gorka.

No recuerdo que la primera conversación fuera sobre fotografías. Hablamos de la carrera, de algún adelantamiento complicado, de un regulador que nos hizo esperar más de la cuenta y de un punto del recorrido que había funcionado incluso mejor de lo previsto. Las tarjetas seguían dentro de las cámaras y nadie parecía tener prisa por revisarlas.


Foto: GKMH team @danispeedy

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